Ese lugar que es oscuro y mágico. Lleno de barro y pasto, de árboles y de instrumentos, de mentes y de tragos, de cigarrillos y drogas. Es el patio trasero de un perdido Woodstock en la gran ciudad donde todo se comparte y todo se vende. Sobre todo es un espacio que lo hicieron suyo y que yo lo hago mío cada vez que me poso en sus libros, cada vez que comparto el humo y siempre que con las cuerdas de mil guitarras canto.
Acá la rebelión se despertó hace mucho, hay vestigios por doquier de almas levantadas contra el orden. Todo rincón es fuego, toda madera es butaca para el pensamiento. Bien decimos que esas luchas son vestigios que sus huellas dejaron, pero las nuevas luchas pertenecen a un color distinto; por eso ahora su tan alabada rebelión es lo suficientemente anacrónica para cansar a todos de las papas bomba.
Yo bebí de su vino, me pase su ron y conteste airada. Renegué de los debates y me reí de quienes fueron carne de cañón. En un momento, carne de cañón también fui yo. También se rieron de mí e intentaron usar esas chispas que todo joven tiene para convertirme en trompo de poner. Solo sé que tuve suerte de superar el letargo y ahora pienso que el cambio tiene lugar en las conversaciones del bus, o en una tarde amenizada por una empanada con ají. Pensar el mundo no exige banderas.
Por azar llegué esa tarde a sus pastos, vendí, compré y troqué. Compre cigarrillos, vendí “jalea” y troque mi risa por "La María". Pronto apareció una hermosa luna llena, empezó a asomarse entre los cerros bogotanos cuando yo pasaba al tema del Arte, cuando hable de mi Dios y mis Dioses, cuando defendía que el estado mental que se altera por voluntad es una responsabilidad ante la vida, es una reafirmación de que tenemos la potestad de nuestros pensamientos; y así alterados los podemos conducir a donde queramos, hasta que queramos. Así también con el sexo y el amor; nos desobligamos y nos radicalizamos a voluntad, solo que a ratos se nos olvida.
Entre tanto y tanto, el vino escaseaba y los sentimientos se animaban también. La chica de tez blanca sufría por la piel y los labios de otra que ya no experimentaba con ella sino con un hombre, ella necesito palabras y necesito a Sabina para coger peso en las bragas. Sin embargo, se desarmó tantas veces que incluso le afectaba pensar en la jalea alcoholizada, en su conjuro que a diario preparaba para venderlo en el perdido Woodstock.
Nos apropiamos de su bandeja de jalea. Caminamos tambaleándonos entre los árboles y los pequeños cúmulos de personas regadas en La Playita, intentamos vender una y otra vez, pero a esas horas de la noche parecía que nadie deseaba probar este postrecito de dulce y alcohol. Todo lo contrario pasaba con nosotros que todo recibíamos. Bebidas espirituosas y el humo, nuestros ojos recibieron sonrisas y también rechazos. Pero ¡qué importaba! Ahí estábamos con una alegría sórdida y haciendo nada más que conocer mil rostros que no tenían que ver con nosotros, pero sí con nuestro estado… un estado más allá de la calma.
Volví hace dos días a este lugar que me embelesa con la misma compañía y con el mismo deseo de querer salir de mí. Esta vez las palabras fueron distintas, las palabras fueron de rabia y no para contemplar. Esta vez el sentimiento era de desconsuelo, nada de alegría sino nostalgia. Una nostalgia compartida orquestada por un vino, otra vez el mismo vino. Hablar y recordar, hablar y renombrar, hablar y reír, hablar y entrecortar la voz pasando saliva como potenciales lágrimas.Qué más da, sólo amé ese momento como todos los últimos.
Luego de un buen rato muchas risas se asomaron pero todavía más los murmullos de gente que, como yo, con picardía observaba. Voyeurismo, eso era todo, puro voyeurismo exacerbado por el estado de todos nosotros. Risas, envidia, querer mirar, no querer mirar; y mientras tanto, en ese árbol, a menos de 10 metros, ese par se besaban. Ella con sus piernas abiertas y él en medio, este amante se descontrolaba, se movía rápidamente, había tanta fricción que su pantalón se quería romper, sus manos se agarraban del pasto y sus zapatos arrancaban la tierra intentando equilibrar la fuerza de su movimiento. Pero, ¿qué pasaba con ella? No reaccionaba, no veíamos su cara, sus brazos y piernas estaban quietas al costado del cuerpo de ¿su amante? ¿Su violador? ¿Su qué?
Él terminó y se sentó a su lado, la miraba recostada en el pasto mientras seguía jadeando. La intento levantar, y por fin ella se sentó, abrió los ojos y empezó a vomitar. La escena termina con los aplausos de varios espectadores. Así acabó.
Quisimos fumar más y recorrimos los otros árboles que auspician diversiones. Nos fuimos a escuchar la música que de lejos un colectivo comunista reproducía en un equipo viejo mientras un proyector, más viejo todavía, iluminaba con la imagen de José Marti las paredes de algún bloque. Nos sentamos a fumar, a mirar entre la oscuridad, las palabras ya escaseaban, quedaba muy poco qué decir y más por desear.
Ya vamonos.