
Ella estaba ahí pero impedía que la vieran, le daba miedo. Cruzo incontables calles con la mirada baja pensando en no pisar las líneas, en no pronunciar palabra alguna.
Siguió siempre insatisfecha, le carcomía las ganas de decir, de hablar, intervenir. Pero se quedo callada.
Llegaba. ¿Maldita sea porque no hablaste? Sí, de nuevo ese sentimiento que ya conocía, que siempre se alimentaba mas de la frustración por no expresar a tiempo. Ella sabía. Pero siempre necesitaba aprobación antes de hablar.
Pobre. Cualquiera que supiera le diría en su cara que eso era fiel resultado de una gran falta de seguridad. Triste.
Sin embargo, ella no perdía. Seguía incómodamente intentándolo. Tienes buenas cosas, tu lo sabes, no son mas que tú. Nada es más que tú.
Ella se torno poco a poco egoísta, envidiosa. Se canso.
Si los otros sufrían, si los otros entristecían, si los otros le necesitaban sin saber exactamente porqué, no le importo.
No intentes llamar su atención así. La fastidias. ¿No te das cuenta que ella lo sabe? ¿No te das cuenta que ella sabe que te molesta que se ocupe de si? Resulta tan obvio ser conciente de eso, por lo menos para ella. Ella sabe que tú quieres toda su atención, ella sabe que no puedes pasar los días sin su atención, sin su cuidado.
Pero te sugiero, hazle saber que lo que necesitas no es su lastima ni que entienda tu condición. No lo va hacer, capaz que te sigue ignorando.
Ella empezó a hablar aun cuando creía mudas sus manos. Ella sintió la inspiración y creyó. Creyó que lo podía hacer todo, y hacerlo sin miedo. Creyó en que la vida es tan corta, las oportunidades tan pocas, el recuerdo tan vano. Había que actuar.
Caminó mirando al frente, distinguiendo los rostros, las ropas, las manos de la gente común. Amaba el centro de la ciudad la hacia sentir viva los tumultos de gente, la variedad, la algarabía. Disfrutaba los ratos sola mientras bajaba a buen ritmo por las calles antiguas, empezaba a cantar susurrando cosas que se le ocurrían al azar.
A veces fumaba y se dejaba ir entre el humo mal exhalado de su boca. Se preguntaba si había otros haciendo lo mismo de ella en ese instante, si escudriñaban en su forma de caminar, en la firmeza o no de sus piernas, en el aspecto de su pelo con los rayos del sol, en los ademanes de sus manos.
Caminaba sabiéndose dueña de cada paso.
Si escuchaba la música de su artista preferido no hacia otra que soñar coreando a su lado en cualquier mal concierto lleno de bohemios, de gente bebiendo café o aguardiente. Aguardiente preferiblemente aunque no se tratara de música popular.
Le gustaba la indecencia y lo prohibido. Entregarse a lo socialmente malo, entregarse a ella. Pero cuidado, no olvidar la mascara. Que hastío de aguantar reproches, no hay afán de que los hagan cuando se sabe que se anda por ahí feliz de romper las reglas. Lo que ella creía que era romper las reglas.
Ahh, es que ese sentimiento de volver a sí, es delicioso pero podría ser perfectamente abrumador hallar adentro lo que siempre quisimos ocultar.
Pero me siento bien por ella, a lo mejor lo que encontró no fue tan malo, o tal vez encontró en esa maldad cierta inocencia, hallo un poco de lo que había perdido.
